sábado, 2 de mayo de 2015

HÉROES Y AVENTURAS

Héroes


INTRODUCCIÓN
Estudiar la evolución de los héroes de cada género literario a través del tiempo, es un hecho que nos va a permitir como estudiantes a integrarnos más con la literatura Occidental. Debemos tomar en cuenta que para estudiar por completo a un héroe en especial debemos contar con los sucesos o con las Corrientes históricas, filosóficas y sociales que ocurrían durante la vida del personaje. Los valores del héroe los ampliaremos dentro del primer capítulo de nuestra monografía.


Cuando Chesterton opinaba que las malas novelas nos dicen mucho acerca de sus autores y, sobre todo, de sus lectores, podría estar pensando en que los folletines entonces al uso no son fieles a lo que los hombres son, sino a lo que los hombres sueñan, como sostenía Stevenson. Ciertamente, y más allá de algunas consecuencias perversas que pueda tener un consumo masivo de tales relatos (suele decirse, por ejemplo, que los franceses no conocen bien su propia historia porque han leído demasiado a Dumas), en ellos podemos encontrar pistas acerca de profundos anhelos humanos.

Novelas originales

Los lectores más avezados suelen estar de acuerdo en que, cuantas más novelas del género se conocen, más patente resulta que las mejores representantes están entre las primeras. Una especie de prueba está en que pocos releerán un “thriller” actual pero muchos volverán varias veces a las historias clásicas: medievales, como Rob Roy (1818) y El talismán (1820), de Walter Scott; de capa y espada, como Los tres mosqueteros (1844) de Dumas, El jorobado (1857) de Paul Féval, o Scaramouche (1921) de Rafael Sabatini; del Oeste, como El espía (1821) o El último mohicano (1826) de Fenimore Cooper; de las guerras napoleónicas, como la primera serie de los Episodios Nacionales (1873-1875) de Pérez Galdós; marineras, como la excepcional Secuestrado (1886) de R. L. Stevenson, Moonflet (1898) de John Falkner, o Las inquietudes de Shanti Andía (1911) de Pío Baroja; africanas, como Las minas del Rey Salomón (1885) de Rider Haggard, Las cuatro plumas (1902) de A. Mason, o Beau Geste (1924) de P. C. Wren... Y dejo de lado aquí las policiacas, novelas folletinescas y populares por excelencia en un mundo cada vez más urbano.

Tendencias en el siglo veinte

Según avanza el siglo XX, sin embargo, es más difícil encontrar obras y autores del género que sean una referencia literaria (y no sólo comercial) tan clara. Esto se debe a razones de distinta clase.

La enorme difusión de novelas baratas y del cómic, junto a la cada vez mayor presencia del cine, llevan a una mayor simplificación de los argumentos y de los rasgos de los protagonistas, que serán en buena parte superhéroes más o menos herederos del Barón de Munchausen (1785) creado por Raspe. Muchos novelistas que han leído, entre otros, a Conrad y a Melville, pero sin su talento, abruman a sus lectores con una sofisticación excesiva. Por un lado se pierde hondura y por el otro frescura.

Al irse terminando los tiempos de nuevos descubrimientos geográficos, proliferan las historias de ciencia-ficción, que por definición es el género más perecedero de todos, y cuyas mejores obras tienen acentos pesimistas debido a las catástrofes que van sucediéndose a lo largo del siglo. Esta es la causa también de que las grandes aventuras entusiastas sólo parezcan posibles en un mundo distinto al nuestro: cobra fuerza entonces la fantasía heroica, con El Señor de los anillos de Tolkien como novela cumbre.

Sin duda, se pueden encontrar excelentes aventuras, pero montadas casi siempre sobre obras del pasado. Es lo que hace C. S. Forester en los años cuarenta y cincuenta al escribir la serie protagonizada por Horatio Hornblower, en la que sigue muy de cerca las obras del pionero de los relatos marineras, Fréderic Marryat, redactadas en las primeras décadas del siglo XIX.

Héroes para siempre

No hay que concluir de los párrafos anteriores que las novelas antiguas sean mejores: sería injusto comparar la selección de las que han sobrevivido con toda la producción actual. Ahora mismo aún no podemos decir aún qué perdurará de Alistair Maclean, de Frederic Forsyth, de Michael Crichton, de John Grisham, por citar los escritores tal vez más famosos de los años 60, 70, 80 y 90; o de James Michener, como representante de los autores de sagas históricas.

Pero sí se puede afirmar, creo yo, una cosa: en aquellas novelas primeras, a pesar de sus defectos (de ver en ellas de modo muy evidente la mano huesuda del titiritero que gobierna sus marionetas ante nuestros ojos, decía Stevenson a propósito de Dumas), se respira una inconfundible atmósfera de leyenda que nos hace descubrir el verdadero sabor de las aventuras, el genuino talante de los héroes. Por el contrario, de ninguna manera podemos extraer coraje y esperanza de las vidas de los protagonistas cansados y escépticos tan queridos por algunos escritores populares de hoy. Se puede aventurar que, cuando pasen los años, los héroes desencantados e incoherentes tan propios de las últimas décadas serán olvidados o relegados, y juzgados mucho más patéticos e ilusos que Tartarín, el personaje de Daudet.

Cualquier escritor de novelas de aventuras debería leer con cuidado los comentarios que hacía Stevenson acerca de algunos colegas contemporáneos suyos con un olfato infalible para el mal pero con las fosas nasales taponadas para la bondad, autores que tenían muy bien aprendida la lección según la cual no hay hombres enteramente buenos, pero que ni siquiera sospechaban la existencia de otra igualmente verdadera: que no hay hombres enteramente malos. O, dicho de otro modo, su error no estaba en que afirmasen que los héroes pueden ser cobardes, sino en que ignoraban que los héroes pueden ser héroes.
LA FIGURA DEL HÉROE
El héroe se puede definir como un arquetipo de excelencia, el cual se converge en un modelo de la colectividad que lo honra con su culto; ya que el personaje muestra sus esfuerzos y sufrimientos para superarse durante sus hazañas. Los héroes se van a caracterizar por haber recibido un culto público.
Para los griegos los héroes tenían un sentido de semidiós, la palabra "héroe" se deriva de el término "héros", que determina a un personaje singular; tanto física como moralmente superior a los hombres. En general, la palabra "héroe" determine en aquellos difuntos que en vida se destacaron por su gran sentido de excelencia, es decir, areté.
El sentido de la excelencia que habita en los héroes se conoce como areté, elemento que no puede faltar en la conformación de un héroe. "El coraje vencido por la fatalidad, es, en suma, toda la tragedia de la vida humana encarnada por el héroe griego"1. Los héroes se distinguen por sus acciones extraordinarias, también por su grandiosa manera de ver la vida como una aventura o un desafío a mejorar el mundo que los rodea.
En la literatura española el héroe épico es más humano que el caballeresco, porque el héroe de la novela de caballería esta lleno de ideales y de valores que alejan al héroe del hombre común.
El código de valores son todas aquellas virtudes que el héroe debe manejar para llegar a ser un modelo de conducta para el pueblo que lo rodea. Estos dones pueden ser competitivos los cuales le permiten ganar batallas y enfrentarse a sus enemigos, satisfacen el "yo" del héroe y su fuerza física. El otro tipo de virtudes que conforman a el héroe son las cooperativas, en las cuales el héroe demuestra sus sentimientos de bondad, de solidaridad, de amor a el que lo necesita; estos dones enriquecen su espíritu. Cada héroe compone su código de valores según el tiempo y el espacio en que vive; un héroe de la antigua Grecia como Odiseo no podría tener el mismo código de valores que tiene Amadís de Gaula.
A pesar de todo esto, lo asombroso es que el móvil ético de la acción de cada héroe se mantiene firme y éste es que siempre buscan la justicia social y el ser solidarios con la gente. Muchas veces los héroes no miden las consecuencias de sus acciones, es aquí donde se origina la transgresión. Si hay algo más en común con la mayoría de los héroes es que son transgresores, es decir que rompen con las leyes impuestas, llegan a pasar el limite de lo prohibido. Esta transgresión se debe a la búsqueda de los sueños imposibles de alcanzar, en el caso de los héroes de las novelas de caballerías lo notamos cuando los caballeros andantes andan defendiendo y ayudando a cada pobre desvalido que se encuentran en su camino, creyendo que haciendo esto un día terminarán las injusticias en el mundo y que con eso construirían un mundo mejor. Pero no se puede negar que esta búsqueda hacia la perfección de los héroes dinamizan por completo cada épica o cada novela, el héroe es lo que da vida y movimiento a la obra. En muchas obras, ésta búsqueda sin frenos del equilibrio cósmico lleva al héroe a una muerte trágica, ya sea por suicidio o por asesinato.
Lo que verdaderamente mueve las acciones del héroe, aparte de hacer el bien y de dar el ejemplo, es el hecho de buscar ser inmortales a través de la fama. Muchas veces el deseo de la inmortalidad no es consciente pero siempre está presente, su esencia en si quiere alcanzarla pero su razón muchas veces siente que todo será en vano.
También existe un término muy importante en los héroes y es el "ser de corazón puro". Esto consiste en ser la única persona capaz de realizar un hecho en particular. Como ejemplo claro de esto, tenemos a Odiseo quien fue el único capaz de tensar el arco dentro de todos los pretendientes de Penélope. El hecho de que el héroe sea un ser de corazón puro magnifica su espíritu y aumenta su código de honor.
Otros rasgos que caracterizan a héroe son: el duro combate, la inteligencia superior, un asesinato accidental, numerosas pruebas, la muerte involuntaria, el hecho de que su origen no esté claro.
ANALISIS DEL MIO CID
El Poema del Mío Cid es la obra más representativa de la epopeya española, la cual se basa en los hechos fundamentales de su historia. Este poema se caracteriza por contener hechos históricos dentro de un paisaje y una geografía real, por supuesto dentro de la epopeya existieron elementos irreales que acentuaron los hechos importantes para darle un toque dramático; un ejemplo de esto fue el secuestro de las hijas del Cid por parte de los Infantes de Carrión.
Para estudiar el personaje del Cid literariamente es importante conocer antes un poco acerca de su historia y de su vida, para eso hemos realizado la siguiente biografía:
Para el año 1000 d.. los reinos de León, Castilla, Navarra y Aragón, respectivamente (de izquierda a derecha), habían reconquistado parte del territorio. El Cid campeador nace en la ciudad de Burgos en 1050 y fue armado caballero desde muy joven por el Rey Fernando y para luego pelear a las ordenes de los hijos del Rey: Don Sancho II y Don Adolfo IV.
La figura de los caballeros andantes se desarrolló entre el 700 y el 1000 D.C. Tiene su origen con los enfrentamientos de los guerreros germánicos, los musulmanes y los vikingos. El ser caballero necesitaba de tres etapas la del paje, la del escudero y la del caballero. Los valores del caballero eran: servir en las cruzadas, a los pobres, a los desposeídos, a la iglesia y al rey, servir a la verdad, lograr la fama y su principal objetivo era conseguir el llamado "amor cortés".
Rodrigo Díaz de Vivar, llamado también "el Cid Campeador", fue el héroe de la reconquista hispánica del territorio peninsular dominado por el poderío y la cultura musulmana. De é1 dicen las crónicas, que "siendo un simple caballero, se hizo por el sólo valor de su brazo, el mayor hombre del mundo que señor tuviese", "llora como los hombres y vence como los héroes"2.
Al morir el Rey Fernando, son repartidas sus tierras a sus tres hijos, pero dos de éstos no quedan satisfechos (justo a los que no les correspondía nada). Se entabla, entonces, una terrible disputa por el poder entre el hijo mayor, el primogénito Sancho II de Castilla y Alfonso (éste último apoyado por su hermana Urraca). Sancho cerca la ciudad de Zamora con el fin de apresar a Alfonso, pero muere a manos de Bellido Dolfos (un enviado de su hermano, quién lo engañó). Don Adolfo IV, le juró al Cid en la Iglesia de Santa Gadea de Burgos no haber participado en la muerte de su hermano.
En 1074 se casó con Jimena Diaz, hija del Conde de Oviedo. Rodrigo es comisionado para cobrar las parias de Sevilla, labor en la que se enfrenta con el Conde Garcia Ordóñez, quien será uno de sus más grandes enemigos. Gracias a los servicios de Rodrigo, el rey Al-Mutamid pagó sus impuestos y le otorgó un beneficio adicional.
Sus enemigos aprovecharon para culparlo de robo y esto le valió el destierro.
Durante su destierro, el Cid es seguido por muchas personas (familiares y habitantes de su feudo) y logra el respeto y la amistad de algunos reyes árabes, quienes le prestan ayuda contra los almorávides. Inicia una serie de campañas donde conquista territorios que anexa al bando cristiano hasta llegar a un punto clave como lo era la Ciudad de Valencia. Las alianzas militares se reforzaron, además, con vínculos matrimoniales: María (doña Sol) se casó con el Conde de Barcelona y Cristina (doña Elvira) con el infante Ramiro de Navarra.
A pesar de su reputación de caballero, a fuerza de calumnias, sus enemigos lograron que lo desterraran de Castilla en 1081. El Cid se dedicó a pelear por su cuenta y se convierte en el terror de los árabes, tomando a la Ciudad de Valencia en 1094. Murió en 1099 por el dolor que le causo la derrota sufrida en Consuegra. Inicialmente, sus restos fueron llevados a Burgos por los franceses, fueron devueltos a España en 1883 y actualmente descansan en la Ciudad burgalesa.
Podemos concluir entonces que el Cid Ruy Díaz de Vivar fue un héroe literariamente perteneciente a la épica medieval española; del cual veremos sus virtudes reflejadas hasta el último día de su vida. Dentro de su código de valores se encuentra que era un hombre sumamente valiente, de gran Fortaleza moral ya que el hecho de haber sido desterrado no lo determinó para ser un fracasado.
El Cid fue un hombre completamente fiel a su patria y a su Rey, después de haber sido expulsado de su tierra querida se dedicó a luchar contra los moros para recuperar el territorio español perdido. En cada batalla que ganaba, le enviaba el botín de guerra a su Rey para que dispusiese de él a como fuera su gusto. De esta manera, se demostró que nunca le tuvo rencor al Rey Alfonso, ni tampoco lo dejó de ver como su superior ni como su amo y señor. Otro hecho que determine el amor que sentía el Cid Campeador por su amo es que cuando sus hijas se casaron el quiso que fuera el Rey quien las desposara, acto que le tocaría hacer a el Cid por ser el padre.
"¡Merced, Rey Alfonso, ya
que sois mi rey y señor!
eso agradecerlo debo
a nuestro creador,
que me pidan a mis hijas
de Navarra y de Aragón..."3
El areté en el Cid está claramente identificado cuando el buscaba la excelencia en sus batallas, siempre les decía a sus compañeros que siguieran en pie durante la batalla, que no cayeran.
El Cid se entrega por completo y con mucha pasión en cada combate, tanto que muere como consecuencia de una de ellos.
Díaz de Vivar posee una enorme fuerza desmedida en las luchas contra los árabes, como si su vida dependiera de vencer a los moros; todo esto lo hace por el rey. Después de su muerte se puede ver reflejado el culto heroico del Cid, el cual es inmortalizado cuando su cadáver gana la batalla.
El Cid utiliza el combate como medio para obtener lo que desea del mundo, lo cual es recuperar su honra ante el rey que lo desterró y quién, el considera su amo y señor a pesar de que sabe que no es perfecto y que se equivocó injustamente con é1 al exiliarlo.
Su prueba más grande es demostrarle al rey que el merece ser digno de ser uno más de sus súbditos, para lograr esto el debió luchar incesantemente, con arrojo, con valentía en cada combate.
Además de todas estas características el Cid poseía una inteligencia superior, la cual lo ayuda a no dejarse llevar por sus emociones sino por su razón y también la utilizó muy bien en la guerra.